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Posted on Sun, Nov. 14, 2004

Jorge Cavelier: Los elementos del deleite

 El Nuevo Herald

ADRIANA HERRERA

 Los paisajes de Jorge Cavelier brotan de lo invisible. Los estallidos del alba, las brumosas cimas de sus montañas, no surgen tanto de lo que sus ojos han visto, como del espíritu que, poseído por la belleza, entra en ese umbral donde ocurre lo que Borges entendía por arte: ''La inminencia de una revelación ... que no se produce''. La exhibición Aguas Místicas en The Americas Collection abre un pasaje de entrada a la contemplación. 

Las tierras neblinosas del altiplano en los alrededores de Bogotá, Colombia, en la población de Tabio, donde pasó su infancia, grabaron en Cavelier el viento azul y frío de las montañas y le revelaron los mundos diminutos: rutas de agua bajo las hojas o abismos de un palmo a la altura del suelo que lo llevarán a explorar en una etapa de su pintura la relatividad de la mirada con primeros planos que pueden hacer de un manglar un inmenso árbol.

A los 8 años ''sentía la respiración del campo'' y nada era comparable a levantarse antes del amanecer para ver la tierra despertando, ''como si acabara de ser creada'' para él. Ese erizamiento de los sentidos inunda la quietud que exhalan sus paisajes con la pulsación de la vida. Sus colores captan el vaho de la atmósfera. Los paisajes que han ''despertado'' dentro de él en la Florida brotan en rojos y verdes encendidos, o en amarillo oro y azul cobalto; mientras los parajes andinos multiplican matices del gris al verde tenue y el rosado es un escándalo de luz que sólo ocurre en el cielo.

Recuerda que tras vivir lejos del campo por un largo período, volvió a la casa de su infancia y que entonces, oyendo el segundo movimiento del Concierto No. 2 para Piano de Brahams, sintió al unísono, dentro de sí, la vibración de la música y de la luz de las tierras que contemplaba. ''Sentí que el paisaje se estaba creando en mí'', dice. Tenía 14 años y comenzó a pintar. Lo demás es el modo que buscó el paisaje para salir de sí, reinventado.

Intentó luego una juiciosa carrera como arquitecto en la Universidad de los Andes y desistió poco después. Fue a dar a Nueva York y a su barullo de novísimas osadías en el arte. A medida que el ruido aumentaba, era más fuerte en él la urgencia de silencio. Un fin de semana en un monasterio de benedictinos lo devolvió a la oración sin nombres que hacía en los cerros de su infancia. ''Añoré tanto ese paisaje que empecé a pintarlo de memoria''. Pero fue en Florencia, mientras estudiaba arte, cuando abandonó sus cuadros de bodegones y figuras humanas, por el influjo de la visión de Fiesole sobre el valle de Florencia, justo en el instante en que el día se hundía en tibia noche. Durante meses pintó acuarelas obsedido por atrapar ese último vestigio de la luz, esa zona límite entre la claridad y la oscuridad. De Tiziano a Rothko, pasando por Giorgione, Turner y Morandi, recibió las lecciones del color vinculadas con lo que hace atemporal los paisajes: el espíritu de contemplación. ``Siempre habrá --anuncia-- alguien que busque ese estado que provoca la belleza del mundo natural''.

Lo atraen poderosamente los espacios límites, las transiciones de uno a otro estado del tiempo, como el alba --''antes de que aparezca el rojo''-- y el ocaso --``sobre todo en un paisaje de niebla, donde la línea de plata es más palpable''--, pero también como las súbitas caídas de agua que pinta justo antes de que se precipiten. ``La vida reverbera en todos los espacios límite'' dice. Esa fuerza latente convierte sus paisajes en una sola celebración de los sentidos y de los elementos. ''¿Qué es lo que pinta realmente?'', le preguntó alguien y él dijo: ''Agua''. ¿Qué otra cosa son las nubes, la niebla, la escondida humedad de las tierras? En Agua nueva no hay ríos ni manantiales, sino tupidas copas de árboles circundadas por la bruma. Lo mismo ocurre con Agua en el aire. Pero al tiempo, en las arboledas de los páramos o en las florestas tropicales hay un único paraje: el jardín como concepto, como lugar omnipresente de la tierra femenina o del paisaje que Cavelier pinta como quien evoca el cuerpo de una mujer amada. ''Pintar es tocar ese jardín, es sentir su luz, su respiración, el deleite que provoca'', dice. 

Pero hay otro límite que Cavelier persigue en sus paisajes: el desvanecimiento de la distancia entre el que mira y lo mirado. Una vez soñó que ascendía las escalinatas de un templo griego, atravesaba una puerta rectangular y penetraba en el centro de una penumbra donde sentía, a un tiempo, la reverencia de lo sagrado y la tibieza de ser acogido. En el profundo silencio, alzó los ojos y vio que no había techo sino un azul purísimo que llenaba todo: paredes, templo y escalinatas se desvanecieron y sólo quedó un ''instante azul''. Su ascenso en la pintura persigue ese instante que sobrevendrá ``cuando la contemplación total de la naturaleza y el arte sean una sola cosa''.

© Jorge R. Cavelier